Benidorm y su playa de Poniente - Octubre 2023

Benidorm, la ciudad amigable para los turistas desde sus inicios

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El primer alcalde de Benidorm de la democracia moderna, de nombre José y apedillado Such Ortega, llegó a declarar en cierta ocasión que si el turista quería que él fuera por la calle en pijama, no tendría inconveniente en hacerlo por satisfacer un deseo de quienes constituían la base fundamental de la economía de su pueblo, de la que dependían (y dependen) casi con exclusividad todos los puestos de trabajo.

Aquella declaración se limitó a tener su traslación en los medios de comunicación locales, al principio de los años 90 del pasado siglo numerosos y muy buenos. Es posible que el lector no la encuentre en internet, ese universo que todo lo registra y del que todos echamos mano en alguna ocasión, cuando no constantemente.

Más de 40 años después (Pepe Such fue alcalde de Benidorm desde 1979 a 1983), aquel abogado o hubiera imaginado jamás que en su ciudad natal y en el resto del mundo se extendería  la idea de que el turismo puede llegar a ser nocivo, que todo lo invade y que hay que ponerle freno. Es lo que se ha venido en llamar “turismofobia”, enseña que abanderan a modo de sentimiento de rechazo hacia el modelo turístico imperante.

Puede entenderse, con salvedades, que los fiordos noruegos o Venecia no estén diseñados ni preparados para acoger al volumen de visitantes que reciben cada año, que se cuentan por millones, movidos por su admirable riqueza natural o por su abundante patrimonio histórico, artístico y cultural.

Pero en Benidorm esto no pasa. ¿Saben por qué? Pues porque mediados los años sesenta la ciudad que hoy se considera capital turística de la Comunidad Valenciana, en el top 10 de los destinos turísticos en recepción de visitantes (sí, de los primeros, porque otros medidores la comparan con las Baleares en su globalidad, la Costa Brava o la Costa Azul, que engloban más de un municipio), esta ciudad de los rascacielos decidió casi de forma asamblearia que su destino era el turismo, y todos sus habitantes se dispusieron a adaptarse para dar servicio a un incipiente negocio y a una hipotética avalancha de visitantes de todo el mundo.

Y así fue como, por unanimidad y a golpe de silbato del entonces alcalde Pedro Zaragoza, se diseñó una ciudad moderna, vertical y pensada para los viandantes.

Hoy, Benidorm recibe más de 5 millones de turistas extranjeros cada año, a los que hay que sumar a la legión de españoles que consideran esta ciudad un paraíso para disfrutar de sus vacaciones.

Con un censo cercano  a los 70.000 habitantes según los datos oficiales de 2022, de tantas nacionalidades que sería muy prolijo enumerarlas todas, en los meses de verano llega a sumar 400.000 almas, una cifra impactante que da cuenta de hasta dónde puede llegar la actividad monopolista del municipio.

La pregunta es: ¿alguien en Benidorm habla de turismofobia? Respuesta: nadie. En absoluto.

Bien es cierto que todas las monedas tienen dos caras. El turismo es un agente económico fundamental para muchas economías, y exclusivo en Benidorm, donde dese el hotelero hasta el fontanero tienen muy claro que viven de los visitantes.

Ha ayudado como ni siquiera Pedro Zaragoza había soñado al desarrollo del pueblo. Aquí no hay detractores ni turismofobia, un fenómeno que tiene su raíz en una planificación deficiente, por parte de las administraciones, de los diferentes destinos turísticos.

En Benidorm nadie se siete “invadido” por los turistas, y es noticia aplaudida por todos la construcción de un nuevo hotel o la apertura de una tienda o una cafetería. Hay gente para todos, y hay que garantizar el servicio.

Hacer frente a la turismofobia es labor, principalmente, de las administraciones locales… Y en Benidorm  no dejan paso a ese sentimiento pseudocolectivo.

Desde José Such al actual primer edil, Toni Pérez, por la Alcaldía de Benidorm han pasado Manuel Catañán Chana, Eduardo Zaplana, Vicente Pérez Devesa, Manuel Pérez Fenoll y Agustín Navarro. Y todos ellos tenían muy claro que la ciudad vivía por y para el turismo.

Con esas cosas, ni una broma. En el New York europeo no ha lugar a la apatía, ni a la molestia. Tampoco a la rendición. Todo es euforia ante el próximo autobús cagado de turistas. Bienvenidos todos, ahora y siempre a Benidorm.

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