Discografía completa
La pasión por la música me viene de mis hermanos mayores. Todavía recuerdo cómo el Let It Be de The Beatles rodaba sin cesar en el giradiscos de casa mientras ellos chapurreaban las letras y yo alucinaba siendo aún un crío. Ese, junto con otros ejemplares de gente como Bob Dylan, Cat Stevens, Supertramp, Jackson Browne, los Bee Gees, Mediterráneo (el legendario Tabarca) y la ELO, conforman, gracias a ellos, la banda sonora de mi infancia. Eran los últimos años de la década de los setenta del pasado siglo.
En aquellos tiempos, incluso durante algunos años después, los jóvenes se juntaban para escuchar los discos de vinilo de sus grupos y artistas preferidos. Un disco era una pequeña joya que se cuidaba como oro en paño, se prestaba a los amigos más fieles y se escuchaba con ceremoniosidad. Las portadas eran pequeñas obras de arte y las contraportadas e interiores atesoraban infinidad de datos que permitían conocer mejor a los autores e intérpretes, y se leían y observaban con entusiasmo durante la escucha.
El hecho de que uno de tus artistas favoritos editase un nuevo disco era algo magnífico. En ese momento ya empezabas a planificar el viaje a tu tienda de discos habitual (la gente solía ser fiel a las tiendas de discos, como se es a la peluquería o a la panadería) para verlo, escucharlo y comprarlo. Esas citas, normalmente anuales, alimentaban la leyenda de los artistas. Los discos se escuchaban cientos de veces; se aprendían. El concepto de álbum como ente indivisible hacía de la música algo muy distinto a lo que es ahora.
Quizá por eso, desde que pude comprar mis propios discos en UFO o Merlín (legendarias tiendas alicantinas), no he dejado de hacerlo: no por afán de coleccionismo, sino porque me resulta imposible dejar de escucharlos. Mi colección, aunque modesta y muy personal, abarca cientos de álbumes y sigue creciendo. Recorre ocho décadas —desde los años cuarenta hasta hoy— y reúne rock, jazz, música clásica y otras músicas. Se cruzan en los estantes sin un orden aparente, aunque cada uno ocupa allí su lugar y conserva una historia: sus créditos, sus detalles y esas curiosidades impresas en la portada o en el encarte que tantas veces pasamos por alto.
Para bien o para mal, aquello ya se acabó. Ahora la música se obtiene deslizando el dedo por el teléfono y se disfruta la mayoría de las veces en soledad. El concepto de álbum se está perdiendo como tal. En la gran mayoría de los casos, los artistas lanzan canciones que, al llegar al público, se diluyen en el maremagnum de contenido que los distintos servicios de streaming nos ofrecen. Es cierto que para los melómanos el acceso a tanta información es un verdadero gozo, pero también es cierto que la avalancha de nuevas y viejas piezas que nos llegan por todos lados hace que no se escuche la música con la pausa que esta necesita.
Volver a mis discos es también recuperar esa forma de escuchar con pausa, de descubrir cada álbum como una obra completa, de conocer mejor sus grabaciones y la vida de los artistas detrás de ellos. De eso quiero hablar desde esta columna: de discos y música que merecen ser escuchados sin prisa.
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