Turismo deportivo: la ventaja no está en los recursos, sino en las decisiones
El pasado 6 de octubre reunimos en el edificio Germán Bernácer de la Universidad de Alicante a una docena de personas que trabajan en turismo deportivo desde posiciones muy distintas: administraciones públicas, federaciones, clubes, empresas y universidad. La mesa redonda, que coordiné con la profesora Carmen Sarah Einsle, llevaba un título largo —«Turismo deportivo en la Comunitat Valenciana. Retos y claves para un desarrollo ambiental, social y económicamente sostenible»— y dejó una conclusión bastante más corta: disponer de recursos no es lo mismo que tener un producto.
La distinción parece menor y no lo es. Tenemos clima, conectividad internacional, planta hotelera consolidada, litoral y montaña a cuarenta minutos de distancia, instalaciones, clubes y una experiencia organizando competiciones que pocos territorios pueden acreditar. Con semejante punto de partida, lo lógico sería que el turismo deportivo fuera ya uno de los pilares de nuestro modelo turístico, y sin embargo sigue funcionando sobre todo como una suma de iniciativas sueltas.
Pensemos en el ciclista centroeuropeo que viene a entrenar una semana a la Marina Baixa en febrero. No viene por las carreteras, que también las hay en otros sitios. Necesita un hotel con un cuarto cerrado donde guardar la bicicleta y un desayuno compatible con la hora de salida, un taller cerca, transporte desde el aeropuerto con portabicicletas, rutas señalizadas y digitalizadas, alimentación adaptada y algo que hacer cuando no está sobre la bici. Lo que compra es una experiencia completa, y esa experiencia depende de media docena de empresas que tradicionalmente no han hablado entre ellas.
Ahí aparece el primer problema, y fue el que más se repitió en la mesa: cada organización hace razonablemente bien su trabajo y el resultado conjunto queda por debajo de lo que podríamos conseguir. Quizá nuestra principal carencia no sea de instalaciones, acontecimientos o recursos naturales, sino de coordinación entre municipios, federaciones, clubes, empresas y administraciones.
Dependencia de los grandes acontecimientos
El segundo problema es la dependencia de los grandes acontecimientos. Nadie discute su valor: el estudio que PwC elaboró sobre la última escala de The Ocean Race en Alicante cifró en 58,5 millones de euros el impacto en el PIB de la Comunitat, con 303.000 visitantes en el Ocean Live Park y un retorno de 7,9 euros por cada euro invertido. Son cifras que explican por qué la ciudad será puerto de salida por sexta vez consecutiva entre el 8 y el 17 de enero de 2027. Pero el futuro del turismo deportivo no puede consistir únicamente en encadenar competiciones cada vez mayores.
Existe una demanda menos visible y probablemente más estable: concentraciones de equipos, pretemporadas, ciclismo, running, trail, triatlón, golf, deportes náuticos y competiciones juveniles y familiares. Muchas de esas actividades se desarrollan justo en los meses en que nuestros hoteles tienen capacidad disponible, de modo que el turismo deportivo es una de las pocas herramientas serias que tenemos contra la estacionalidad. Un gran evento nos sitúa unos días en el mapa; una oferta bien organizada consigue que la gente vuelva en febrero.
Por eso creo que conviene distinguir entre impacto y legado. El impacto se produce durante el evento, cuando los visitantes llegan, ocupan hoteles y generan actividad. El legado es lo que permanece cuando se han marchado: mejores instalaciones, clubes más fuertes, más práctica deportiva entre los residentes, nuevas oportunidades empresariales, formación, voluntariado o una imagen internacional más sólida. Una idea que conviene no perder de vista es que quienes viven en el territorio deben beneficiarse de ese legado, no limitarse a convivir con el acontecimiento. No siempre van juntos. Un acontecimiento puede dejar un impacto económico considerable y un legado escaso, y una iniciativa modesta puede sostener durante años la actividad de un municipio.
La pregunta pertinente, con la salida de 2027 ya en el calendario, no es cuánto gasto generará aquella semana de enero, sino qué queremos que quede en Alicante en febrero de 2028. Esa respuesta hay que decidirla ahora, no después.
Insistencia en los indicadores
De ahí la insistencia de los participantes en los indicadores. Sabemos contar visitantes, pernoctaciones y gasto, y conviene seguir haciéndolo. Pero también deberíamos medir qué parte de ese beneficio permanece en el territorio, cómo se reparte entre comarcas y empresas locales, qué efecto tiene sobre la práctica deportiva de los residentes y cómo convive el acontecimiento con la vida de los barrios. También sería útil conocer su huella ambiental —emisiones, consumo de agua y energía o generación de residuos— y la satisfacción de los residentes. Sin esos datos, las decisiones se siguen tomando por intuición y las inversiones son difíciles de justificar ante un patrocinador o ante un pleno municipal.
La sostenibilidad exige esa mirada más amplia. Practicar deporte al aire libre no convierte automáticamente una actividad en sostenible: una prueba puede generar residuos, emisiones, congestión o una presión excesiva sobre espacios naturales delicados, y el senderismo o la bicicleta de montaña necesitan una planificación cuidadosa cuando entran en entornos sensibles. La sostenibilidad no consiste en colgar una etiqueta, sino en gestionar cada actividad de acuerdo con la capacidad y las necesidades del territorio. La buena noticia es que nuestra diversidad territorial permite repartir actividades entre litoral e interior y a lo largo del año, aunque ese reparto no se producirá solo.
Desde la universidad podemos aportar investigación, datos, formación y espacios donde se encuentren quienes toman las decisiones. Esa es una de las razones de ser de la Cátedra de Turismo Ciudad de Alicante, y fue también el sentido de la jornada del día 6.
Salí de ella con tres tareas anotadas: medir mejor lo que hacemos, convertir los recursos en productos que alguien pueda comprar y coordinar a quienes hoy trabajan por separado. Ninguna es sencilla, pero ninguna exige empezar de cero: tenemos casi todos los ingredientes y profesionales que conocen bien el sector. Lo que falta es pasar de acumular recursos a compartir una estrategia.
La Comunitat Valenciana no necesita demostrar que tiene condiciones extraordinarias para el turismo deportivo, ni que sabe organizar grandes acontecimientos. Eso ya lo sabemos. El paso siguiente es más exigente: conseguir que ese potencial genere actividad económica estable, reduzca la estacionalidad, fortalezca a los municipios y mejore la vida de quienes vivimos aquí. Como casi siempre en la empresa y en la gestión pública, eso dependerá menos de lo que tenemos que de las decisiones que seamos capaces de tomar.
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