José Luis Gascó
Miércoles, 07 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

Cuando todo cambia, ¿qué no debería cambiar?

Una de las ventajas de mi trabajo es que, a lo largo del año, tengo la oportunidad de conversar con profesionales que saben mucho de gestión de empresas. Buena parte de lo que aprendo no sale de los libros, sino precisamente de esas conversaciones.

El pasado viernes celebramos la clausura de los programas de posgrado que dirijo en la Universidad de Alicante. (https://www.unniun.com/acto-de-graduacion-y-clausura-2025-2026/). Al estrado subieron 42 profesionales que han hecho posible estos cursos y 132 alumnos que recogieron su diploma.

 

Entre quienes nos acompañaron quiero destacar a Maite Antón, empresaria ilicitana, presidenta de la Asociación de Empresas Familiares de Alicante (AEFA) y madrina de honor de la promoción 2025-2026 del Club de las Buenas Decisiones. Este artículo nace de su discurso, así que buena parte del mérito de lo que sigue es suyo.

 

Maite comenzó su intervención con una idea sencilla: todo está cambiando.

 

Cambia la geopolítica, cambian los mercados, cambian nuestras formas de vida y cambia también nuestra manera de pensar. En medio de todo ello aparece la inteligencia artificial, probablemente la manifestación más visible de una transformación que todavía estamos intentando entender.

 

Hasta aquí, pocas novedades. Cualquiera que participe hoy en una reunión empresarial, asista a una conferencia o lea un informe sobre tendencias escuchará hablar de transformación, disrupción, digitalización o inteligencia artificial. Pero Maite introdujo una idea menos habitual: si todo está cambiando, también conviene preguntarse qué cosas no deberían cambiar.

 

Y habló de valores. Actitud. Capacidad para tomar decisiones. Compromiso. Valentía. Trabajo en equipo. Humildad. Agradecimiento.

 

Resulta curioso. Disponemos de más tecnología que nunca y, al mismo tiempo, cada vez hablamos más de aquellas capacidades que ninguna tecnología puede aportarnos por sí sola.

 

Podemos automatizar muchos procesos, pero antes alguien tendrá que decidir cuáles merece la pena automatizar y para qué. Y podemos adquirir conocimientos técnicos con una rapidez enorme, pero ninguna aplicación garantiza compromiso, valentía o humildad.

 

Por eso creo que una de las competencias profesionales más importantes en los próximos años será la capacidad de seguir aprendiendo. Las herramientas cambiarán. Algunas de las que hoy utilizamos a diario desaparecerán y aparecerán otras que ahora ni siquiera conocemos.

 

Maite habló de mantener una «curiosidad constante» para entender lo que está cambiando a nuestro alrededor.

 

Durante mucho tiempo hemos entendido la formación como una sucesión de etapas: primero estudiábamos, después trabajábamos y, de vez en cuando, regresábamos a un aula para actualizarnos. Ese esquema cada vez tiene menos sentido. Hoy aprender forma parte del propio trabajo.

 

Cuando un profesional deja de aprender, poco a poco se va quedando atrás. Y algo parecido les ocurre a las organizaciones que piensan que ya saben suficiente: corren el riesgo de dejar de entender lo que sucede a su alrededor.

 

Aprender tampoco consiste únicamente en acumular conocimientos. Supone revisar algunas de nuestras certezas: aceptar que alguien más joven puede saber más que nosotros de determinados temas, escuchar a quien piensa distinto, reconocer un error o cambiar una decisión cuando aparecen nuevos datos.

 

Ahí aparece otro de los valores que mencionaba Maite: la humildad. No va de rebajarse: va de reconocer que siempre tenemos cosas por aprender.

 

Habló también de valentía, una palabra que no suele aparecer en los manuales de dirección. Dirigir obliga a decidir y, muchas veces, decidir supone renunciar a otras posibilidades.

 

Las decisiones rara vez se toman con toda la información disponible. Casi siempre faltan datos, existen intereses distintos y sabemos que podemos equivocarnos. Por eso, más que hablar de decisiones perfectas, quizá deberíamos hablar de decisiones razonables: tomadas con información suficiente, criterio, responsabilidad y unos valores claros.

 

En un momento de crispación como el actual, Maite reivindicó además nuestra responsabilidad de «dar sosiego al entorno», incluso cuando pensamos de manera diferente.

 

Esta idea tiene mucho que ver con el liderazgo. No siempre lidera más quien habla más alto. En muchas ocasiones, liderar consiste precisamente en escuchar, rebajar la tensión y conseguir que personas con intereses diferentes sean capaces de trabajar juntas.

 

Al finalizar su intervención, Maite pidió a los nuevos egresados que hicieran honor al nombre del Club de las Buenas Decisiones tomando decisiones que contribuyan a hacer un mundo mejor a su alrededor.

 

Dicho así puede parecer algo muy ambicioso. Sin embargo, nuestras decisiones profesionales afectan todos los días a compañeros, clientes, proveedores y familias. Algunas tienen una gran trascendencia y otras parecen mucho más pequeñas, pero todas van configurando el entorno en el que trabajamos y vivimos.

 

Seguramente dentro de cinco años utilizaremos tecnologías diferentes, trabajaremos de otra manera y afrontaremos problemas que hoy ni siquiera imaginamos.

 

Y quizá por eso la pregunta que planteaba Maite merece la pena: en medio de todos esos cambios, ¿qué queremos conservar?

 

Las herramientas cambiarán.

 

Los valores con los que las utilicemos, espero que no tanto.

Este medio no se hace responsable de las opiniones de nuestros colaboradores.

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