¿Qué queremos realmente que aprendan nuestros hijos?
Cada septiembre, cuando comienza un nuevo curso escolar, en los colegios se respira una sensación de ilusión muy familiar. Nuevos uniformes, nuevos profesores, nuevas aulas y, para algunos niños, los nervios que acompañan a empezar algo completamente nuevo.
Para nosotros, como educadores, también es un buen momento para plantearnos una pregunta fundamental: ¿qué queremos realmente que aprendan nuestros hijos?
La respuesta más obvia, por supuesto, es conocimientos académicos.
Queremos que los niños lean bien, escriban con claridad, comprendan las matemáticas y las ciencias, aprendan idiomas, conozcan algo de historia y del mundo que les rodea. Queremos que desarrollen los conocimientos y las habilidades que les permitan superar con éxito sus exámenes y, en última instancia, abrirse camino hacia estudios superiores y el mundo laboral.+
Y deberíamos ser ambiciosos en este sentido. No hay nada malo en querer que los niños alcancen excelentes resultados académicos. De hecho, yo diría que es una de las responsabilidades fundamentales de un colegio.
Pero ¿es suficiente?
Llevo el tiempo suficiente trabajando en educación como para saber que los niños que más destacan académicamente no son necesariamente aquellos a los que la vida les resulta más fácil. Del mismo modo, algunas de las cualidades que hacen que una persona tenga éxito en la vida ni siquiera aparecen en un boletín de notas.
¿Saben desenvolverse cuando algo sale mal? ¿Pueden trabajar con alguien que no les cae especialmente bien? ¿Son capaces de ponerse delante de la clase y expresar una idea? ¿Saben escuchar de verdad? ¿Pueden afrontar una decepción? ¿Saben pedir ayuda cuando la necesitan?
Y, quizá lo más importante de todo, ¿sienten curiosidad por el mundo que les rodea?
Estas no son “extras” de la educación. Creo que forman parte esencial de la educación.
A esto nos referimos cuando hablamos de educar al niño en su totalidad. El desarrollo académico es enormemente importante, pero también lo son el desarrollo emocional, social, físico y creativo. Los niños necesitan oportunidades para descubrir sus fortalezas, pero también necesitan oportunidades para descubrir que no son buenos en todo de manera inmediata.
Y este último punto es especialmente importante.
Vivimos en un mundo en el que a veces puede parecer que los niños deberían tener éxito en todo y en todo momento, pero aprender a fracasar de forma segura, reflexionar sobre lo ocurrido y volver a intentarlo es una de las lecciones más valiosas que un colegio puede ofrecer.
Aquí, en la Costa Blanca, contamos además con otra enorme ventaja. Muchos de nuestros niños crecen en comunidades verdaderamente internacionales. Cada día conviven con diferentes idiomas, nacionalidades, culturas y formas de ver el mundo. Esa experiencia les enseña algo que ningún libro de texto puede reproducir por completo: que rara vez existe una única manera de ver las cosas.
También les prepara para el mundo que van a heredar. Ninguno de nosotros puede afirmar con certeza a qué se dedicarán profesionalmente muchos de los niños de hoy dentro de veinte o treinta años. La tecnología, la inteligencia artificial y los cambios en el mundo laboral crearán, sin duda, oportunidades que todavía no existen.
Por eso, quizá nuestra responsabilidad no sea preparar a los niños para un futuro concreto, sino proporcionarles la confianza y la capacidad de adaptación necesarias para afrontar aquello que ese futuro les depare y prosperar de verdad.
Para mí, por tanto, el colegio ideal no es aquel en el que se sacrifica el rendimiento académico en favor de las llamadas “habilidades blandas”. Tampoco es aquel en el que todo gira en torno a las calificaciones.
Es un colegio en el que ambas cosas trabajan juntas.
Deberíamos querer que nuestros hijos terminen el colegio siendo personas con conocimientos, capaces y con éxito académico. Pero también deberíamos querer que sean curiosos, resilientes, solidarios y estén dispuestos a intentarlo.
Porque algún día, los exámenes habrán terminado. Los deberes habrán quedado en el olvido. El uniforme del colegio estará colgado en el fondo de un armario.
Lo que permanecerá será la persona en la que hemos ayudado a convertirse a ese niño.
Y quizá esa sea la verdadera medida de una educación de éxito.
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