Panorámicas de Altea (Alicante, Costa Blanca). Panorámicas de Altea (Alicante, Costa Blanca).
Guille Llopis
Viernes, 31 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Altea, un idilio bohemio entre cúpulas azules y buganvillas

Un simple paseo en coche por el litoral alicantino ya puede regalar prácticamente un sinfín de imágenes dignas de una postal. A un lado el mar, al otro montañas, verde, pueblos bonitos… Un privilegio visual al que muchos lugareños, incluso, han quitado valor a fuerza de acostumbrarse. En la comarca de la Marina Baja se encuentra una de esas postales de silueta inconfundible: dos cúpulas de azulejos azules brillando con intensidad bajo el sol alicantino del verano. Así se presenta Altea, considerada casi unánimemente como la capital artística y bohemia de la Costa Blanca.

Con un modelo totalmente distinto a otras localidades casi vecinas, como Benidorm con sus rascacielos o Alicante y su bullicio urbano, Altea se alza sobre su colina y ofrece un refugio de tranquilidad, fachadas encaladas y un magnetismo creativo que lleva décadas atrayendo a pintores, poetas, artistas y viajeros de todo el mundo. Un pequeño escondite que, pese a que ya no puede decirse que sea precisamente un secreto o un destino alternativo, sigue manteniendo su alma de pueblo tranquilo y relajado.

 

Ascenso al corazón blanco

 

Para experimentar el verdadero idilio alteano, la hoja de ruta está clara. Conviene dejar el coche cerca de la costa y, por mucho que cueste, aceptar el reto: la mejor manera de descubrir Altea es subir a pie. Una vez arriba, El Fornet (casco antiguo de Altea), da la bienvenida a sus visitantes con su ritmo bajo y pausado. El acceso, a través del Portal Vell, permite descubrir la localidad tras cruzar una de las antiguas puertas de la muralla renacentista del siglo XVI, que todavía hoy funciona como un filtro que aísla a Altea del resto del mundo.

 

A partir de aquí, el asfalto desaparece y cede el paso a un encantador laberinto de calles empedradas de cantos rodados blancos y negros, diseñados de forma artesanal. Las cuestas que vertebran el pueblo, empinadas y sinuosas, están flanqueadas por casas de una blancura impoluta, lo que contrasta con otra de las imágenes clásicas alteanas: las buganvillas fucsias que trepan por las paredes y desbordan los balcones. Esa combinación hace que en Altea cada esquina sea una postal en potencia, un rincón merecedor de una foto o, cuanto menos, de una pausa de unos segundos para admirar.

 

El alma de la bohemia: la Plaza de la Iglesia

 

Si bien Altea puede ser toda una prueba de resistencia a las cuestas y escaleras, hay una cosa clara: merece la pena. Tras superar los últimos peldaños de las calles de San Miguel o Mayor, la Plaza de la Iglesia se abre paso en el auténtico corazón del pueblo. Ahí se encuentra la imponente iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, cuyas cúpulas de cerámica vidriada azul y blanca le han valido al municipio el sobrenombre de la cúpula del Mediterráneo.

 

El turismo de masas tradicional intenta introducirse en Altea, pero su carácter original sigue ejerciendo de dique. El ambiente en esta plaza durante una tarde de verano es un ejemplo de cómo la localidad conserva su pulso bohemio y artístico, con sus puestos de artesanía local y pintores callejeros que capturan los colores del atardecer en sus lienzos. Terrazas de restaurantes, puestos con vestidos de lino, cerámicas o joyas ejercen como actores secundarios de una película que invita a disfrutar de la brisa marina, bajar el pulso y refrescarse con una cena al aire libre.

 

Miradores suspendidos sobre la bahía

 

Si la plaza sigue ejerciendo como centro social, los miradores de Altea son sus ventanas al horizonte. El más célebre de todos, el Mirador de los Cronistas de España, ofrece una de las panorámicas más espectaculares, con una barandilla de piedra que actúa como marco natural para unas vistas a la bahía que quitan el aliento. Desde ahí, pueden apreciarse algunos de los grandes enclaves naturales de la provincia de Alicante: el Albir, los perfiles de la Serra Gelada, la inmensidad del Pelón de Ifach y, como telón de fondo, el Mediterráneo.

 

Pero Altea no son solo vistas. Su sofisticación se encuentra también en sus fogones, y el centro histórico es un hervidero de pequeños restaurantes románticos ubicados en patios interiores y antiguas casas marineras rehabilitadas. La gastronomía estival alteana huye de las opciones más pesadas para centrarse en la cocina de mercado: pescados frescos de bahía, crujientes cocas de verduras y ensaladas regadas con aceites de la montaña alicantina.

 

Para cerrar el día, el descenso hacia la línea de la costa desvela la otra cara de la localidad. Altea no busca competir en la liga de las playas de arena fina: su litoral destaca por sus tramos de cantos rodados pulidos por el mar, como la playa de La Roda o Cap Blanch. Lejos de ser una desventaja, la piedra es un filtro natural. Mantiene el agua cristalina, y el sonido de las olas arrastrando los cantos por la orilla genera un relajante murmullo que hace de ruido blanco en las noches alteanas.

 

Con todos estos ingredientes, Altea cocina no solo una receta deliciosa, sino un plato único. El de un municipio que intenta vivir ajeno a su tiempo y confirmar su estatus de idilio artístico inalterable. Un enclave que ha sabido proteger su arquitectura tradicional, su espíritu bohemio y su ritmo pausado, demostrando que el verdadero encanto del verano mediterráneo puede estar no en el ruido, sino en contemplar la belleza de su tranquilidad.

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