Cambio climático y ciudades mediterráneas: cuando la teoría entra en casa
Hace unos meses tuve la oportunidad de colaborar en la elaboración del informe sobre el impacto del cambio climático en Alicante, promovido por la Cátedra de Cambio Climático y la Cátedra de Turismo Ciudad de Alicante. Durante semanas analizamos estadísticas, modelos predictivos y proyecciones económicas. Hablábamos de olas de calor, estrés energético o adaptación de las ciudades como conceptos técnicos, apoyados en datos. Estos últimos días he comprobado que una cosa es estudiar el fenómeno y otra muy distinta experimentarlo en primera persona.
Las sucesivas olas de calor han provocado que la potencia eléctrica contratada en mi casa, que durante años había sido más que suficiente, haya dejado de serlo. El funcionamiento simultáneo de varios equipos de aire acondicionado terminó superando la capacidad instalada y nos obligó a ampliarla. Detrás de una decisión aparentemente sencilla aparecieron nuevos trámites, costes adicionales y la necesidad de localizar con urgencia a profesionales del sector, desbordados por el aumento de la demanda.
Como si fuera poco, el frigorífico decidió también decir basta. Conseguir uno nuevo no ha sido sencillo: comercios sin existencias, plazos de entrega más largos de lo habitual y repartidores saturados. Todos los profesionales con los que hablé coincidían en el diagnóstico: las altas temperaturas habían disparado tanto el uso de los equipos de climatización como las averías de numerosos electrodomésticos. Lo que parecía un problema particular era, en realidad, la manifestación de un fenómeno que estaba afectando a la vez a miles de hogares.
Es fácil escribir sobre el cambio climático desde los gráficos y las estadísticas; resulta mucho más revelador cuando empieza a formar parte de la rutina diaria. Y aquello me hizo pensar: si una simple ola de calor es capaz de tensionar las instalaciones eléctricas de miles de viviendas y de saturar a instaladores, distribuidores y comercios, ¿qué efectos puede producir sobre una ciudad cuya economía depende, además, del turismo?
La respuesta estaba, precisamente, en muchas de las conclusiones del informe presentado hace unas semanas en el Ayuntamiento de Alicante.
El cambio climático ha dejado de ser un riesgo futuro para convertirse en un factor estructural que ya condiciona el desarrollo de las ciudades mediterráneas. En territorios como Alicante, muy dependientes del turismo, sus efectos alcanzan a la competitividad, a la planificación urbana, a la actividad empresarial y, como he podido comprobar estos días, a la vida cotidiana de miles de ciudadanos.
Durante décadas, el buen tiempo ha sido el principal activo de estas ciudades para atraer residentes, inversiones y visitantes. Esa ventaja competitiva puede convertirse en vulnerabilidad. Las olas de calor afectan directamente al confort climático, uno de los factores que más pesan en la experiencia turística: en Alicante, las noches tropicales han pasado de quince o veinte al año en la década de los ochenta a superar hoy el centenar. No hablamos de una anomalía puntual, sino de un cambio estructural, con efectos contrapuestos: puede ampliar la temporada hacia la primavera y el otoño, pero también reducir la demanda en pleno verano por el estrés térmico que sufren residentes y visitantes.
Retos históricos del Mediterráneo
El fenómeno intensifica, además, dos retos históricos del Mediterráneo: el agua y el litoral. Aunque Alicante es un referente internacional en reutilización de aguas, con porcentajes cercanos al 87 %, la presión sobre este recurso sigue creciendo. Y el ascenso del nivel del mar y la erosión costera amenazan el principal activo turístico de muchas ciudades: sus playas, cuyo mantenimiento exigirá inversiones cada vez mayores.
Todo ello tiene una factura. En escenarios moderados, las pérdidas asociadas al turismo en Alicante podrían rondar el 3 % del PIB turístico en 2030, el 7 % en 2040 y hasta el 12 % en 2050 si no se adoptan medidas de adaptación suficientes. Hablamos de decenas de millones de euros, de empleo y de ingresos fiscales. A ello se suman otros costes menos visibles que ya asumimos como ciudadanos: mayor consumo eléctrico, adaptación de las viviendas, averías y sustitución prematura de electrodomésticos, presión sobre las redes de distribución o encarecimiento de determinados seguros. Pequeños gastos individuales que, multiplicados por miles de hogares y empresas, acaban teniendo un impacto económico nada despreciable.
La respuesta pasa necesariamente por la adaptación. Las ciudades que incorporen el cambio climático a su planificación —más zonas verdes, refugios climáticos, eficiencia energética, gestión inteligente del agua y una oferta turística más diversificada y menos dependiente del sol y playa— estarán mejor preparadas para competir. Las que sepan anticiparse podrán, incluso, convertir la sostenibilidad en un factor de competitividad y atraer inversión, talento y un turismo de mayor valor añadido. Pero ninguna organización puede afrontar sola un desafío de esta magnitud: hace falta una gobernanza compartida entre administraciones, empresas, universidades y ciudadanía.
Mi pequeña experiencia doméstica de estos días no deja de ser una anécdota. Precisamente por eso resulta tan reveladora. Cuando un fenómeno global modifica la factura eléctrica, condiciona la compra de un electrodoméstico o pone a prueba a instaladores y comercios, deja de ser un problema lejano. El cambio climático ya no llama a nuestra puerta: hace tiempo que entró en nuestras casas, en nuestras empresas y en nuestras ciudades. La verdadera cuestión no es si debemos actuar, sino si lo haremos con la rapidez que el futuro nos exige.
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