Vistas de la isla de Tabarca, en Alicante. Vistas de la isla de Tabarca, en Alicante.
Guille Llopis
Viernes, 24 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Así es un día en Tabarca, la única isla habitada de la Costa Blanca

Una mañana de verano en el puerto de Santa Pola es suficiente para darse cuenta de que algo se cuece en sus embarcaderos. La localidad costera alicantina es el punto más cercano desde el que llegar a Tabarca, la única isla habitada de la Costa Blanca y un destino recurrente tanto en verano como fuera de él. Desde viajeros que van por la mañana y vuelven en los últimos ferris de la tarde hasta aquellos aventureros que deciden pernoctar en las opciones que ofrece la isla, este enclave es uno de los favoritos para quienes tienen la suerte de haberlo descubierto.

El viaje ideal comienza en el ferry a primera hora de la mañana. Solo las vistas del trayecto ya hacen que el día merezca la pena: la isla se acerca con su lateral amurallado, el agua se torna cada vez más cristalina, el puerto se vuelve más pequeño y, por el camino, la fauna y el fondo marino lucen impecables. Da igual si la elección es el clásico catamarán o las lanchas rápidas: subirse a ellas es firmar un pacto de desconexión con uno mismo. Mientras la silueta de Tabarca se aproxima y se va definiendo ante nuestros ojos, llega el momento de la verdad, el de volver a pisar tierra firme.

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El desembarco en la isla

 

Al bajar del barco, la primera impresión es probablemente una sobrecarga de estímulos. El puerto de la isla se encuentra en el punto central, un pequeño istmo que divide la isla en dos mitades casi perfectas: a un lado, todo naturaleza; al otro, el pueblo amurallado; en el centro, la playa. Con el protector solar a mano, la primera parada puede ser dirigirse hacia el corazón de piedra de la isla antes de que el sol de mediodía empiece a apretar con fuerza.

 

Cruzar la Puerta de San Rafael es entrar en un laberinto de piedra, buganvillas y piratas. Un portal en el tiempo que da acceso a un pueblo diseñado con una cuadrícula militar perfecta, ordenada por el rey Carlos III en el siglo XVIII para albergar a familias de pescadores. Es un paseo breve, por un pueblo pequeño con apenas un puñado de calles empedradas, flanqueadas por casas de fachadas encaladas en las que las plantas ponen una nota de color y el silencio es casi absoluto.

 

Al final de la parte urbanizada de la isla se encuentra una de sus principales estampas: la iglesia de San Pedro y San Pablo. Un templo sencillo pero imponente, que desafía la erosión del salitre, justo al borde del acantilado, desde donde mira a la península con la inmensidad del Mediterráneo como testigo. Un punto final perfecto para el paseo, con algunos recovecos llenos de encanto y el aroma mediterráneo cargando el contador de ganas de darse un baño.

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El ritual sagrado: el caldero

 

Cuando se acerca la hora de la comida, el aroma a ajo, ñora y caldo de pescado inunda todas las terrazas del pueblo. En Tabarca comer no es un trámite, sino el evento central del día. La isla cuenta con variadas y buenas opciones gastronómicas, pero casi todas tienen algo en común: sirven el caldero tabarquino, un plato que se disfruta en dos actos.

 

Primero llega una fuente con gallina, rascacio o el pescado de roca del día, bañado en una salsa de alioli ligera con la que rebañar el recipiente con pan es casi una obligación. Después, en una paella aparte se sirve el arroz, cocinado con el caldo concentrado de ese mismo pescado. Una elaboración fina pero potente, llena de sabor a mar y con el peso de la tradición de la isla que, por sí solo, es motivo más que suficiente para subirse al barco y hacer el viaje.

 

El momento del baño

 

No hay mejor manera de bajar el caldero que un buen baño en las aguas cristalinas de la isla. Con la barriga satisfecha, no hay prisa por elegir playa: la principal es un clásico infalible, aunque suele estar más concurrida. La cara norte cuenta con algunas preciosas calas más escondidas y tranquilas, por lo que pueden ser una gran opción. Con los escarpines puestos y las gafas ajustadas, es el momento de buscar la vida submarina de la Cova del Llop Marí.

 

Se trata de una Reserva Marina protegida desde 1986, y sus fondos son todo un espectáculo. Es un pack completo: nadar sobre las praderas de posidonia oceánica como quien sobrevuela un bosque sumergido; bucear entre bancos de salpas doradas, sargos y hasta alguna estrella de mar que, con total tranquilidad, interactúan con los bañistas; todo, en un agua tan transparente que hasta se pierde la noción de profundidad.

 

La Tabarca salvaje

 

Con la sal del agua todavía en la piel, la media tarde es un momento idóneo para explorar la parte oriental de la isla. Su paisaje cambia radicalmente, sin piedra blanca, sin edificar, y con una senda de tierra que atraviesa su terreno árido y se extiende como arterias por las que circular hacia las distintas calas y a su característica Torre de San José, una antigua fortaleza defensiva de planta cuadrada que emerge en mitad de la nada. Alrededor se encuentra su Faro, hoy todavía en funcionamiento de forma automática, y el camino termina en el cementerio, en el extremo este de la isla, desde donde las tumbas miran directamente al mar abierto.

 

Llegados a este punto, la isla plantea una disyuntiva. El reloj impone su ley y, mientras la megafonía anuncia las últimas salidas de vuelta a la península, las colas se vuelven kilométricas en los embarcaderos. Y, entonces, Tabarca se prepara para mudar su piel. Es la hora del éxodo masivo, el momento en el que los decibelios caen en picado y el destino se despide de su marea turística diaria.

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La desconocida noche tabarquina

 

Esta es la Tabarca que nadie conoce. Con el último catamarán alejándose en el horizonte, arranca el verdadero milagro de la isla. Las terrazas recogen sus sombrillas y las calles empedradas recuperan una paz orgánica que parecía imposible apenas unas horas antes. Los pocos rezagados que deciden pernoctar en las limitadas opciones de la isla se convierten, de repente, en los dueños absolutos de un paraíso flotante. El viento se vuelve más fresco, la luz se tiñe de color naranja y el graznido de las gaviotas sustituye, por fin, al bullicio del día.

 

La tranquilidad es lo que más se busca. Cenar un trozo de coca salada en una terraza apenas iluminada por unas tenues farolas con el ruido de fondo de las olas rompiendo. Todo ello, bajo un cielo estrellado, sin contaminación lumínica: una experiencia casi mística. Dormir en Tabarca no es pasar la noche en un hotel, sino experimentar desde dentro el latido de un pueblo marinero único que, durante unas horas, vuelve a ser dueño de su propia soledad.

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