José Luis Gascó
Martes, 14 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

El Club de las Buenas Decisiones: veinte años aprendiendo a adaptarse

Hace unos días cumplí 62 años. En unas semanas, el Club de las Buenas Decisiones de la Universidad de Alicante cumplirá veinte. Una persona y un proyecto no son comparables, pero ambos comparten algo en lo que he pensado estos días: ninguno de los dos sería hoy lo que es si hubiera permanecido igual que el primer día.

Hay un detalle de mi biografía que casi nunca cuento. Mi historia empezó en una pequeña buhardilla del distrito 16 de París, donde mi madre trabajaba como empleada de hogar. Mis padres habían emigrado, como tantos españoles de entonces, buscando las oportunidades que aquí escaseaban. Con mi madre embarazada de cuatro meses, emprendieron un larguísimo viaje de regreso a España en autobús. Traían unos ahorros conseguidos con mucho esfuerzo que les permitieron comprar una pequeña explotación agrícola.

 

De alguna manera, antes incluso de nacer, mi historia ya estaba ligada a dos palabras que me han acompañado toda la vida: esfuerzo y adaptación. Mis padres nunca imaginaron que aquel niño que regresaba con ellos desde París acabaría dedicando su vida a formar directivos y a estudiar cómo las organizaciones afrontan el cambio.

 

Con los años he descubierto que solemos contar nuestra vida como una sucesión de éxitos y fracasos. Pero, mirando atrás con perspectiva, uno entiende que la mayoría de esos cambios no fueron fruto del azar, sino de pequeñas decisiones. Algunas acertadas, otras no tanto. Yo tampoco he acertado siempre. Hay decisiones que hoy tomaría de otra manera. Con el tiempo he aprendido que los errores no son lo contrario del acierto, sino una parte imprescindible del aprendizaje. Al final, tanto los unos como los otros nos obligan a adaptarnos.

 

Quizá por eso, cuando en 2006 pusimos en marcha el Club de las Buenas Decisiones, no pensábamos solo en crear un programa de formación para directivos. Queríamos algo más difícil: ayudar a personas y organizaciones a decidir mejor cuando el entorno cambia. Esa ha sido, probablemente, la gran lección de estas dos décadas.

 

Cuando el Club empezó, la transformación digital apenas asomaba. Internet abría mercados, la globalización aceleraba la competencia y las empresas descubrían que el conocimiento dejaba de durar toda una vida. Lo aprendido en la universidad ya no bastaba; había que seguir aprendiendo siempre. Esa fue nuestra premisa: convertir la formación continua en una herramienta para tomar buenas decisiones cuando desaparecen las certezas.

 

El tiempo nos dio la razón. La crisis financiera, la aceleración tecnológica, la pandemia y, ahora, la inteligencia artificial ha confirmado que la única constante es el cambio. Por eso el lema de nuestro decimoquinto aniversario -«Be water, my friend»- me parece hoy más oportuno que nunca.

 

La metáfora de Bruce Lee resume una de las cosas que he aprendido en estos años, y también en mi propia vida: las personas y las organizaciones que perduran no son las más fuertes ni las más grandes, sino las que saben adaptarse sin perder su identidad. La flexibilidad ha dejado de ser una ventaja para convertirse en una condición de supervivencia.

 

A lo largo de estos años, casi cinco mil directivos, mandos intermedios y jóvenes profesionales han pasado por nuestras aulas. Más que el número de alumnos, me importa lo que han hecho después en sus organizaciones. Cada promoción amplía una comunidad que entiende la dirección desde el rigor, la innovación y la mejora continua. Esa comunidad es, seguramente, el principal patrimonio del Club.

 

El reto, de nuevo, es anticiparse. La inteligencia artificial, los datos, los cambios demográficos o la transición ecológica exigirán capacidades que apenas intuimos. La formación de directivos y profesionales tendrá que unir lo tecnológico con el pensamiento crítico, la ética y la habilidad para gestionar personas en entornos cada vez más automatizados. Pero la razón de ser del Club sigue intacta: ayudar a decidir mejor, porque detrás de cada buena decisión empresarial hay siempre un impacto social. Las empresas generan empleo, innovación y oportunidades; reforzar su capacidad de adaptarse es reforzar la sociedad.

 

Cuando uno cumple 62 años descubre que la vida rara vez sigue el camino que imaginaba a los veinte. Y descubre también que las mejores decisiones no suelen ser las más espectaculares, sino las que permiten seguir avanzando cuando cambian las circunstancias. Esa ha sido, también, la historia del Club durante estos veinte años.

 

Han cambiado las tecnologías, los mercados y las empresas. Hemos cambiado nosotros. Lo único que permanece es la necesidad de seguir aprendiendo, porque una vida -igual que una organización- no es más que la suma de las decisiones que tomamos y de nuestra capacidad para adaptarnos a sus consecuencias. 

 

No somos el resultado de las decisiones que siempre acertamos, sino de nuestra capacidad para aprender de todas las demás. Quizá esa sea, después de veinte años de Club y sesenta y dos de vida, la mejor definición que conozco de una buena decisión.

Este medio no se hace responsable de las opiniones de nuestros colaboradores.

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