José Luis Gascó
Lunes, 29 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

El talento también se escapa por las malas decisiones

Terminamos les Fogueres de Sant Joan y arranca de lleno la temporada turística en la Comunidad Valenciana. Los restaurantes y los hoteles de la provincia están a rebosar y, aun así, muchos empresarios repiten estos días la misma queja: no encuentran gente para atender a tanto cliente. El detalle dice más de lo que parece. Durante décadas, la gran preocupación de las empresas fue conseguir clientes; hoy, en plena temporada alta, el problema es justo el contrario: conseguir personas. Y no basta con contratar a buenos profesionales; lo difícil es lograr que quieran quedarse.

El talento se ha vuelto uno de los recursos más escasos de la economía. El último Informe de Desajuste de Talento de ManpowerGroup calcula que el 78% de las empresas españolas tiene dificultades para cubrir determinados puestos. Es una cifra demasiado alta para tratarse de algo pasajero: no estamos ante un problema de coyuntura, sino ante un cambio de fondo.

 

Y, sin embargo, cuando hablamos de talento solemos cometer el mismo error: dar por hecho que el problema está fuera de la empresa. Que faltan profesionales, que las nuevas generaciones tienen otras prioridades, que los jóvenes ya no quieren comprometerse. Algo de eso hay, pero la realidad es más incómoda. En un mismo sector, con la misma escasez, hay organizaciones que atraen talento sin demasiado esfuerzo mientras otras acumulan vacantes durante meses. Esa diferencia rara vez es casualidad: casi siempre está en las decisiones que toman unas y otras.

 

Conviene recordar de dónde venimos. Durante buena parte del siglo XX, mucha gente aspiraba a hacer toda su carrera en una misma organización, y la estabilidad era el principal gancho. Ese modelo casi ha desaparecido. La Fundación Máshumano lo describe con una expresión muy gráfica, la de los «turistas laborales»: profesionales que pasan por distintas empresas buscando experiencias, aprendizaje y oportunidades. Podemos lamentarlo o aceptar que las reglas han cambiado, y las empresas que mejor lo están haciendo eligen lo segundo.

 

Han entendido que el salario sigue importando, pero ya no basta. Que las personas valoran además la flexibilidad, la conciliación, el aprendizaje, la autonomía, el sentido de lo que hacen y la calidad de las relaciones en el trabajo. Y, sobre todo, que gestionar el talento no es un asunto del departamento de recursos humanos: es un asunto de dirección.

 

Porque las personas no se van solo de las empresas; se van de las malas decisiones. De entornos donde no pueden crecer, de una comunicación que no funciona, de culturas incoherentes, de estructuras demasiado rígidas y, muchas veces, de jefes incapaces de generar confianza. Hay una frase muy repetida en la gestión de personas que sigue siendo cierta: la gente no abandona empresas, abandona a sus responsables directos. Detrás de muchas renuncias hay un problema de liderazgo, y detrás de muchos problemas de liderazgo hay decisiones equivocadas: sobre cómo dirigir, cómo comunicar, cómo delegar, cómo reconocer el trabajo o cómo encajar los errores.

 

Por eso, cuando hablamos de retener talento estamos hablando, en realidad, de la calidad de las decisiones directivas. Las organizaciones que consiguen fidelizar a su gente suelen parecerse en algo: tienen una cultura clara, invierten en desarrollo, escuchan más y controlan menos, y crean espacios donde las personas notan que aportan. No son las que más pagan; muchas veces son, sencillamente, las que mejor gestionan.

 

El reto se complica porque vivimos una situación inédita: en muchas plantillas conviven cuatro generaciones, con expectativas y formas de entender el trabajo muy distintas. Gestionar esa diversidad no se resuelve con procedimientos, sino con criterio. Y se nota especialmente en sectores como el turístico, donde la digitalización, la sostenibilidad y la presión competitiva obligan a adaptarse sin descanso. El empresario que estos días busca sin éxito quien atienda sus mesas lo está comprobando en directo: el problema no es solo encontrar manos, es construir un sitio al que la gente quiera volver temporada tras temporada.

 

La inteligencia artificial, además, acelera todo esto. Las tareas rutinarias se irán automatizando y, a cambio, subirá el valor de lo difícil de sustituir: la creatividad, la empatía, el liderazgo, el pensamiento crítico, la capacidad de aprender y de adaptarse. Justo las cualidades de las personas que de verdad marcan la diferencia dentro de una organización.

 

La batalla del talento, por tanto, no se libra solo en los procesos de selección, sino en las salas donde se decide qué cultura, qué liderazgo, qué formación y qué condiciones va a tener la empresa; en el fondo, qué clase de sitio va a ser para trabajar. Porque el talento no busca un empleo, busca un proyecto. Las empresas que lo entiendan tendrán una ventaja difícil de copiar; las que no, seguirán preguntándose por qué no encuentran a nadie, sin caer en que la respuesta la tienen cada mañana sobre su propia mesa: en las decisiones que toman.

Este medio no se hace responsable de las opiniones de nuestros colaboradores.

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