Un monumento arde durante las Hogueras de Alicante. Las Hogueras de Alicante desde dentro: la maquinaria invisible que sostiene la fiesta
Alicante recupera su pulso habitual tras una nueva edición de su fiesta grande. Las Hogueras de San Juan han vuelto a transformar la ciudad por completo para, como es tradición, desaparecer sin dejar rastro hasta el año siguiente. La fisonomía de Alicante sufre una metamorfosis radical para adaptarse al millón de visitantes que inundan sus calles, llenas de música, pólvora, color y monumentos. Una fiesta que, para su funcionamiento –y la supervivencia de la ciudad a su paso– exige un despliegue humano y técnico equiparable al de una gran operación militar.
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Sacar adelante una semana de Hogueras de San Juan es una inmensa obra de ingeniería logística. Alicante llega a triplicar su población durante sus días grandes, pero los metros cuadrados son los mismos: el primer gran reto es la gestión del espacio público. Antes de que suene el primer petardo, los equipos de trabajo deben encajar un complejo puzzle urbano que comprende más de 150 estructuras provisionales, entre Fogueres mayores, infantiles, racós y barracas, que toman las calles bloqueando, en muchos casos, algunas arterias principales de tráfico.
Solo el traslado de las piezas de cada monumento exige cortes de tráfico de precisión quirúrgica, grúas de gran tonelaje trabajando contrarreloj durante la madrugada en estrechas calles del centro histórico, y una carrera contra el calendario donde centenares de operarios apenas duermen para que todo esté listo a tiempo para la Plantà.
Pero estos cortes de tráfico tienen una cara B. Ante la dificultad de circular de manera normal por la ciudad, la administración ofrece alternativas: durante las Hogueras de San Juan, el TRAM no descansa. Un servicio de 24 horas que registra más de 250.000 desplazamientos en apenas cinco días durante su operativo especial por las fiestas, y que ayuda a oxigenar la ciudad en materia de transportes.
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Alicante, una ciudad blindada
Con los monumentos en su sitio, llega otro de los grandes desafíos de cualquier fiesta de esta magnitud: la seguridad y el orden. Una vez que la fiesta se desata, la gestión del riesgo y de la seguridad colectiva es primordial para el correcto desarrollo de la fiesta, sus actividades y la vida rutinaria de aquellos vecinos que no forman parte de las Hogueras. Alicante se sostiene con un despliegue de entre 1500 y 2000 efectivos acumulados entre agentes de la Policía Local, la Policía Nacional, Protección Civil y Cruz Roja, que velan por la seguridad tanto del día a día como de los grandes eventos, como en las aglomeraciones de las mascletàs.
Uno de los momentos críticos es la llegada de uno de los días más grandes de la fiesta: la Cremà en la noche del 24 de junio, día de San Juan. Coordinar la quema simultánea de alrededor de un centenar de monumentos en un entorno urbano requiere un mapa de riesgos milimétrico diseñado con meses de antelación. Ante las muchísimas cosas que pueden torcerse y dar pie a una tragedia, el SPEIS despliega a más de 100 bomberos distribuidos en decenas de equipos por toda la ciudad, encargados tanto de labores preventivas (como la refrigeración de fachadas) como de controlar los focos de fuego y, por supuesto, la esperada banyà.
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Riesgo controlado… Y que compensa
Por supuesto, todo este gigantesco engranaje de logística, seguridad y control tiene un soporte. Por un lado, mantener la cultura y tradición de una ciudad orgullosa de su fiesta y de su identidad. Pero, desde un ángulo más tangible y pragmático, también por el impacto económico generado en apenas unos días. Las Hogueras generan más de 100 millones de euros para la economía local, aportados por un tremendo pico de población efímera pero que llegan a empresas y trabajadores alicantinos y que, según datos de la patronal hotelera APHA, se traduce en un ‘lleno técnico’ de la ciudad, con un porcentaje de ocupación superior al 95%.
Especialmente, para el sector hostelero. Distribuidores de bebida, proveedores de hielo y alimentación, personal de trabajo esquivan las vallas de seguridad de madrugada para que, cuando amanezca, los locales, racós y barracas estén abastecidos de nuevo. Allí, miles de camareros de refuerzo ponen su granito de arena, junto a centenares de músicos de bandas venidas de toda la provincia y comunidades vecinas, que se desplazan hasta Alicante conformando una industria paralela que soporta una fiesta que se ha vuelto tan grande que el mercado local ya no podría sostenerla.
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Un amanecer reluciente
El último eslabón de esta cadena de esfuerzo logístico entra en acción cuando los racós apagan la música. En esa breve ventana de tiempo en la que la ciudad duerme llega el turno del ejército de la escoba, formado no solo por personas, sino por más de 60 vehículos especializados entre barredoras, camiones cisterna y camiones recolectores.
El servicio de limpieza urbana recoge durante Hogueras más de 1000 toneladas de residuos extra durante la semana de San Juan gracias a un batallón de operarios y maquinaria pesada trabajando a marchas forzadas, especialmente durante la noche, para retirar montañas de basura, cenizas y restos de las Hogueras. Un esfuerzo titánico que ayuda a mantener una de las grandes leyendas de la fiesta: el día 25 de junio, Alicante amanece con la fisonomía de una ciudad normal y limpia que, casi sin tiempo para asimilar la resaca de sus días grandes, ya espera con ganas las Hogueras del año que viene.
























