Adiós a la cabina telefónica del Casino de El Campello medio siglo después 

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Una sencilla, fría y desnaturalizada placa metálica ocupa hoy el espacio que hasta la semana pasada presidía la cabina telefónica pública sita frente a la fachada del Casino de El Campello. Todo un hito urbano que desaparece empujado por eso que llamamos progreso, más de medio siglo después de su instalación.

Cierto que hacía años que no funcionaba, y muchos más que no era utilizada por nadie empujada por la telefonía móvil que se ha adueñado de nuestras vidas sin apenas darnos cuenta, una imposición que supuso en principio del fin para ellas.

En otros países, sobre todo aquellos en los que las cabinas eran cerradas, se les ha dado otros usos, como espacios para cargar las baterías de esos celulares que han acabado con ellas, pero la compañía Telefónica, propietaria de todas ellas, ha decidido eliminarlas de la escena urbana española, salvando de su desaparición definitiva únicamente algunos ejemplos a modo de recuerdo para nostálgicos.

Más de medio siglo ha tenido de vida, en diferentes formatos conforme se modernizaba el país…

¿Cuántas citas de novios y novias habrá registrado esa cabina en esos más de cincuenta años mientras el destinatario o la destinataria de la llamada a hora convenientemente concertada esperaba impaciente junto al teléfono fijo de casa, también a punto de desaparecer definitivamente?

¿Cuántas llamadas a la familia a cobro revertido (¿recuerdan?) de estudiantes que se ahorraban unas pesetas a costa de sus padres?

¿Cuántas comunicaciones transoceánicas de migrantes para informar de su progreso en la vida y de envío de dinero para cubrir necesidades básicas a su familia?

¿Cuántas confidencias desde la lejanía o simplemente de pueblo a pueblo? ¿Cuántas confidencias en voz baja para evitar ser escuchados por los comensales de la terraza del Casino? Confesiones, llantos, alegrías, buenas y malas noticias…Y hasta hubo alguna que otra bronca por parte de quienes hacían cola, desesperados por largas conversaciones.

Nunca lo sabremos. En esos tiempos no había sistemas que rastrearan las llamadas, ni grabaciones delincuentes como indiscretas que registraran intimidades…

Lo llamamos progreso. Es el precio a pagar por el siempre bienvenido desarrollo de pueblos y ciudades.

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